El miércoles salí de cervecitas con algunos de mis compañeros de trabajo. Siempre he dicho que yo trabajo con cualquiera, pues me considero profesional, pero no me voy de cervezas con cualquiera.

Que el ocio es el ocio y hay que disfrutar con conocimiento, ¡niños! (mirad a ver si en vuestro monitor al leer esto sale abajo la “mosca” de la D.G.T. o la campaña “Di no a las drogas”)

Al asunto: Cervecitas, 10 compañeros (de ambos sexos, bueno, cada uno y una del suyo y los ángeles, sin determinar), después de unas cuantas cervezas, a tomarnos una copa a un pub de Triana.

Y la parte de la historia que nos atañe ocurre a eso de las 2:30 de la madrugada. Una de mis compañeras, digamos C. está charlando con Nacho. Hemos formado corrillos, por parejas, porque la música está alta y estamos charlando.

(Organización, organización. ¿No hemos dicho parejas?¿Por qué estoy yo hablando con un tal Alberto? Qué mal repartido está el mundo, lo que yo diga.)

Como en una película muda, observo cómo ocurren los acontecimientos: Nacho. saluda a un conocido (varón, caucásico, 1,70, aproximadamente 25 años de edad, sin afeitar desde hace varios días). No se estrechan las manos, sino que se las chocan al estilo americano y comienzan a hablar.

Ahí es cuando veo que C. coge aire y se lanza como si se tirara a la piscina, a por su bolso/mochila que está en el suelo, en el taburete que hemos conquistado como guardarropa.

Como a veces tengo el don de ver lo inevitable, pero la maldición de no poder intentar evitarlo, le digo a Alberto: "a Nacho le han pedío papel y Carmen le va a dar un folio al colega, ya verás”

Alberto me mira incrédulo: “Me estás vacilando, eso que me has dicho es de un chiste”, pero de todas formas, sigue mi mirada, justo a tiempo de ver a C. sacando un folio, del que procede a cortar, diligentemente, una tira de unos dos centímetros de ancho, que tiende al amigo de Nacho, para que apunte lo que sea menester.

Papel que el otro coge sin mirar, tal vez sin ver (supongo que estaría un poco adobado a esas alturas de la noche) y en un gesto reflejo, fruto sin duda de una larga práctica, pone el papel encima de un poco de tabaco (no vamos a entrar en analizar la composición de la mezcla en concreto que fuma el chico) que lleva en el hueco de la mano izquierda ya preparado.

Cuando ve que es un trozo de folio, es fácil imaginar la cara del chico, las nuestras y la de C. por supuesto.

"¿Niñaaaaa, pero qué quieres que haga yo con esto? ¿cómo me lo fumo?" (ahí, considerando el muchacho los aspectos prácticos de la situación)

Ahí comenzó la búsqueda de un agujero, a ser posible con tapa a rosca, por parte de C. Resulta que no lo había, así que tuvo que soportar nuestras risas, algún abrazo afectuoso y cierto cachondeo también afectuoso

Y es lo que decía yo en el título, tal vez la mayoría de los chistes estén inspirados en situaciones reales, cómicas, pero reales.